En estas horas mágicas previas a la llegada de los Reyes Magos, no puedo dejar de acordarme del tranco; uno de los juguetes con los que más nos divertíamos los chiquillos en el pueblo.
Este objeto tan preciado era un simple palitroque. Una especie de tarugo con el grosor reducido en los extremos; una pieza de madera que hacíamos saltar del suelo dándole en la punta con una paleta, y que luego enviábamos muy lejos de un golpetazo.
Y fue en uno de estos lanzamientos efectuados por un chaval muy guapo y vivo que se llamaba Tony cuando el tranco, a modo de proyectil, fue a impactar en el pompis de una mujer a la que decían la Princesa Guanche... Recuerdo que en ese momento todos los infantes que estábamos en el callejón enmudecimos porque esa fémina nos daba mucho miedo. La majestuosidad de su porte, junto con su cabellera blanca y las cejas negras propias de su ascendencia bereber nos impresionaban... Pero hete aquí que en vez de la reacción apocalíptica que presumíamos, la noble dama nos sonrió y nosotros continuamos jugando...

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