viernes, 22 de enero de 2021

ESCRIBIENDO A TROMPICONES, PERO CON MUCHA MORAL

 I

Desde hace un par de horas estoy aguardando a alguien que no termina de llegar. Me encuentro en el interior de un coche detenido en una calle de Barcelona, y fuera hace un frío helador. La amplitud del habitáculo me permite moverme con soltura y el sol que da en los cristales caldea el ambiente; pero el problema es que dispongo de pocas cosas para entretenerme y el hastío se está apoderando de mí...

II

Al principio me valí de la fantasía y la memoria para tener la atención ocupada. Me acordé de la bruja Filomena y del modo de hechizar con su voz meliflua, su mecedora y su güisqui... ¡hasta a mí consiguió sacarme el nombre del bolerista que me tenía sorbido el seso! Y después, siguiendo un hilo invisible, me dio por pensar en cómo la magia se puede convertir en cutrez cuando el encantamiento desaparece.

III   

Ahora lo que me apetece es leer. Aunque eso es desear por desear, ya que no tengo libros ni periódicos y no veo ningún quiosco cerca. Tampoco me sería de utilidad, pues acabo de recordar que no llevo las gafas en el bolso...

IV 

El vehículo, conmigo dentro, está aparcado junto a la tapia de un gran edificio y apenas se ve gente por la calle. 

V

En este momento, en la radio suena Georges Moustaki cantando “Le métèque”, y me envuelve con su voz...

                                     “Avec ma gueule de métèque

                                       De Juif errant, de pâtre grec...”

¡Qué deleite! No puedo resistirme a cantar con él...

VI

Por último, bajo el parasol y por enésima vez me miro en su espejo. Las cejas, como hace una eternidad que no las depilo, amenazan con juntarse y sus pelos se me antojan púas...


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