Estoy aquí, delante de una persona que no para de hablar, y no tengo ni idea de lo que me está diciendo. Hace media hora, cuando comenzó lo que pensé que iba a ser un diálogo, me mostré interesada y procuré intervenir. Pero como mi interlocutor dio muestras de que mis opiniones le importaban un carajo, opté por callar y desconecté completamente.
Desde entonces, el busto parlante me mira buscando el efecto que sus palabras producen en mi ánimo; y yo, que soy una comedianta, no lo defraudo. Si adivino por el tono que sus frases son festivas, esbozo una sonrisa; y si me parecen lúgubres, pongo cara de circunspección. De vez en cuando también muevo la cabeza lentamente para arriba y para abajo en señal de asentimiento; e incluso emito algún ¡ajá! de aprobación...
En este momento mis ojos han empezado a brillar porque se me acaba de ocurrir hacer un microrrelato de esta experiencia. Noto que las ideas que me bullen en la cabeza están aumentando la hondura de mi mirada... Lo malo es que la creatura que tengo enfrente considera que estos cambios en mis luceros se deben a lo atractivo que me resulta su discurso y percibo que aumenta su afán por seguir y seguir...

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