En la Nochevieja de 1973
Estoy aquí, al lado de una chimenea, con un malhumor descomunal. Me devora la impaciencia porque quiero bailar con una chica y ese momento no acaba de llegar. Siento que la frustración se me acrecienta y voy a terminar estallando. Lo que no sé aún es como manifestaré esa irrupción de furia: ¿me largaré de la fiesta sin más o me plantaré delante de la mujer que me atrae irresistiblemente y le pediré que dance conmigo? Si hago esto último, quizá el muchacho que la corteja (y que resulta ser el anfitrión) me rete a duelo... Es poco probable; aunque a mí no me importaría siempre que el desafío fuera hagiográfico, ya que de vidas de santos soy escritor.
Hace una hora, cuando llegué a esta celebración de Nochevieja de gente bien, me sentí desplazado. Vi que mi idiosincrasia no se ajustaba al ambiente; y, como capacidad de adaptación tengo poca, enseguida me quise marchar. Pero entonces crucé la mirada con una muchacha que vestía de amarillo y lo que leí en sus ojos me retuvo y me mantiene retenido...

No hay comentarios:
Publicar un comentario