Aquella creatura austera se desataba cuando estaba delante del papel. Y no me refiero a que se pusiera a emborronarlo pergeñando escritos (que también); sino a su manera desaforada de consumirlo para satisfacer diversas necesidades.
Este comportamiento tan desordenado chocaba sobremanera porque doña Parquedad, que así se llamaba la protagonista de mi relato, era tan morigerada que parecía que su hábitat fuera el cenobio; una persona cuyo modo de vida a muchos se les antojaba mortificador. Pero se conoce que la celulosa con la que estaban hecho los clínex y las servilletas le producía tal efecto que, en teniéndola cerca, se volvía una derrochona...
Gastaba medio rollo de papel de cocina para secarse cada vez que se lavaba las manos. Después de abrir los paquetes de pañuelos con fruición, los sacaba a puñados del envoltorio con el fin de utilizarlos sin ton ni son; las servilletas igual; los pliegos acababan rotos y echados a la papelera sin estar apenas escritos...

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