Zafa, palangana, jofaina, aguamanil... Así es como llamábamos los del pueblo a la vasija donde realizábamos nuestras abluciones mañaneras en el tiempo en el que no había agua corriente en nuestras casas. Época en la que nos bañábamos en barreños o en pilas; y hacíamos las aguas menores y mayores en letrinas, orinales, establos o en el corral.
Luego se instalaron cañerías; y la llegada de los grifos a nuestros hábitats supuso una auténtica revolución. Las lugareñas dejaron enseguida de ir a la fuente y trasladaron las tertulias que tenían en ella a otro momento y lugar. Pero deshabituarse a ir al corral no fue tan fácil ni tan rápido para muchos. La imposibilidad de defecar en retretes los llevó a padecer un estreñimiento pertinaz; y al final optaron por no utilizar los cuartos de baño.
Y relacionadas con estos hechos se crearon situaciones muy pintorescas. Por ejemplo, hubo el caso de una familia compuesta de padre, madre e hijo, y en la que sólo la mujer utilizaba el cuarto de baño. Por ello, cuando murió lo clausuraron. O el de aquella otra que a sus miembros nunca les pasó por las mientes usar esta pieza; pero para que los demás vieran que la tenían, la instalaron en el salón. Y así, a ambos lados del sofá, las visitas se encontraban el lavabo y el bidé; entre las dos butacas el inodoro; y la bañera la veían en un rincón, al lado de la vitrina que guardaba las reliquias de la familia.

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