A mí, estos artefactos que parecen tener vida me ponen nerviosa. Y como esta inquietud la suelo manifestar, habrá quien piense que soy una cateta; pero verdaderamente me da igual.
Hace unas semanas, por ejemplo, fui a comer a casa de unos amigos y lo pasé fatal. Y no fue porque los anfitriones no cumplieran sus deberes de cortesía, pues lo hicieron con creces. Tampoco a causa de los demás convidados, ya que todos resultaron encantadores. Ni siquiera por los exóticos manjares que nos sirvieron... No, lo que me impidió relajarme durante toda la comida fue una presencia extraordinaria. Un aparato redondo al que los dueños de la casa llamaban con un nombre y al que, a continuación, pedían que hiciera esto o aquello. Algo desasosegante del que tuve enseguida la certeza de que nos espiaba. Un artificio diabólico que podía procesar la información que le estábamos suministrando con nuestra parlería; y que, por lo tanto, tendría la facultad de pasar de sirviente a amo en cualquier instante.

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