Cuando la fermosa Genoveva fue a comprar bacalao a la abacería del pudiente Tito, éste la invitó a bañarse en su jacuzzi. Considerando que ambos disfrutaban de matrimonios felices, habrá algún lector que juzgue la proposición como un despropósito; pero no lo fue en absoluto, porque el invitador no albergaba esperanzas libidinosas.
Lo que Tito guardaba en su corazón era el deseo de presumir. Mostrar esa bañera de hidromasaje, que le había costado un porrón de dinero y que lo había dejado boquiabierto cuando la vio en un escaparate, a la que él creía la mujer más cosmopolita y elegante del pueblo. Meterse con ella en el agua y, entre tanto chorro a presión y burbujeo, escuchar sus apreciaciones.

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