A los abuelos aquejados de abuelazón no hay quien los aguante. Imagino que ver y sentir a los nietos debe de ser una experiencia maravillosa, y creo que tiene que costar no quedar embebecidos con ellos; pero de ahí a convertirlos en el único centro de nuestros intereses va un abismo.
Conozco un matrimonio que, antes de convertirse en yayos, era tremendamente atractivo. Ambos cónyuges tenían una conversación brillante y sus interlocutores disfrutaban de ella; pero, desde que han adquirido la condición que nos ocupa (la de abuelos), parece que estén atontolinados. De la diversidad de asuntos que antes abordaban en sus pláticas han pasado a tratar un solo tema: el de sus descendientes. Y no contentos con su verborragia complaciente sobre ellos, nos abruman con las fotografías que llevan en el móvil y que los muestran haciendo monerías.

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