domingo, 19 de enero de 2020

Gumersindo y Amiplim


Cuando su marido murió, Amiplim se volvió más chaveta de lo que estaba. Gumersindo, un hombre cabal, había sido su amante, su mentor, su todo... y cuando se fue, la dejó como sin anclaje; totalmente a la deriva. 

Amiplim en realidad se llama Orosia; pero como la expresión “a mí plim” nunca se le ha caído de la boca, alguien, en algún momento, debió empezar a llamarla de esta manera y con este apodo se quedó.

Haciendo honor a su nombre, Amiplim no le da importancia a casi ninguno de los acaeceres diarios; y es una mujer que se dedica exclusivamente a contemplar los astros que pueblan el firmamento y a hablar con su añorado Gumer. Y como para poder cumplir ambos cometidos las mejores horas son las de la madrugada, la susodicha se acuesta con las gallinas y se levanta recién pasa la medianoche.

 El resto del tiempo lo emplea en andar de una parte a otra, sin tener verdaderamente la intención de llegar a ningún sitio. Y a fuerza de deambular por sus calles, Amiplim ya no sólo forma parte del paisanaje del lugar, sino también de su paisaje.

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