Rataplán, rataplán, rataplán plan plan... Los tambores no dejan de sonar y yo me estoy volviendo loca. El ruido martillea mi cerebro y no sé donde meterme para escapar de él. Ansío que llegue el silencio y con él el fin de la tortura; pero sólo son las tres de la mañana y sé que ésta continuará hasta que amanezca.
Los peores momentos son los que transcurren entre el final de una pieza y el comienzo de otra. El lapso en el que el rataplán cesa, pero sabes que indefectiblemente tornará; ese silencio que viene acompañado de una terrible ansiedad, porque desconoces en qué instante volverá a ser roto por el ruido...
Hace tres días que llegué a este pequeño pueblo en el que me encuentro, con el propósito de quitarme el estrés; pero me topé con la Semana Cultural, y ahora estoy al borde de la enajenación.
Para cada una de las doce noches que tiene esta “semana”, hay un espectáculo programado: el sábado fue la coronación de la reina; ayer le tocó a los bailes regionales; hoy está actuando la banda de música; mañana orquesta y baile de salón... y así, como digo, hasta la duodécima jornada.
Las amigas de la Web a las que les he contado mis cuitas me recomiendan que baje a la plaza y me una al jolgorio. Y sé que tienen razón, pero no puedo; no me apetece. Además, como siempre parezco triste y contrariada, ¿qué impresión iba a causar en medio de tanto bullicio?

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