Anoche celebré la verbena de San Juan reuniéndome con mis amigos; y, como viene siendo habitual desde que somos unos carrozas, no nos dedicamos a vivir, sino a recordar lo vivido. Fulanita nos contó aquel sarao de gente muy distinguida al que asistió una vez, y lo singular que le pareció ese baile agarrado con un chico que pertenecía al Opus Dei; los esfuerzos de éste para no rozarle ni una parte de su cuerpo, y que la canción que sonaba era “Ne me quitte pas”.
Menganito confesó que por su timidez enfermiza nunca había sido capaz de acudir a un jolgorio sin haber ingerido dos o tres cervezas antes; y los problemas de alcoholismo que tal hecho le acarreó.
Zutanita brindó por esa noche de desmelene que tuvo con un cateto que conoció en un entoldado y que le dijo que se llamaba Fredo.
Y luego le llegó el turno a Perengano. Nos refirió que cuando vio a la mujer que lo tenía obsesionado en aquel palco, hizo acopio de fuerzas y la sacó a bailar. Y que se puso tan tenso cuando la sintió entre sus brazos que no pudo disfrutar de ese momento hasta que hubo pasado.
Después volvimos a brindar. Esta vez por el libro “Ultimas tardes con Teresa” de Juan Marsé, y por la adaptación cinematográfica que de ella hizo Gonzalo Herralde. Todos somos entusiastas de ambas cosas; y nos tenemos dicho que, si algún año, en la noche de San Juan, no podemos reunirnos, tenemos que releer el libro o rever la película y beber por los demás.

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