Aquí se puede oler la lluvia antes de que llegue. Y no me refiero a barruntarla por las señales que muestra el cielo, sino a percibir verdaderamente su aroma.
Y luego está el postchaparrón: los efluvios de la tierra mojada se reciben tan intensamente que, si cierras los ojos y aspiras con profundidad, la sensación de paz que experimentas puede ser única.
Y ésta ha sido la circunstancia vivida por mí cuando, hace un momento, estaba sentada frente a la ventana con la cabeza reclinada en una de las orejas del sillón.

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