Una vez me enamoré de los miembros inferiores de una mujer. Quedé prendado de unas larguísimas zancas rematadas por unas preciosas chinelas; las convertí en objeto de deseo y comencé a desvariar...
Tan singular fijación me debió de suceder por los años de 1969; durante el verano que pasé en Vejer de la Frontera, invitado en la casa de Luis.
Como la cocina estaba situada en un semisótano, cada mañana, mientras desayunaba, lo único que veía eran patas. A través de la ventana que daba a ras del suelo de la calle, en el tiempo en que me tomaba la leche y la rebanada de pan untada con manteca colorá, divisaba extremidades de toda clase y condición.
A esa hora siempre eran los mismos. Unos pies sudorientos embutidos en unos espantosos zapatos de rejilla que debían de pertenecer a algún capitoste. Otros pies calzados con chanclas que asigné al jipi instalado en el pueblo... Metatarsos encajados en zapatillas que se dirigían a limpiar casas ajenas. Un deformado pinrel con un gigantesco juanete que salía por el agujero de un mocasín; las albarcas de los jornaleros...
Y en medio de esa diversidad podal y zapatera aparecían unas piernas y unos pies que quitaban el sentido. Unos apéndices que yo imaginaba separados del cuerpo al que pertenecían. Tronco, cabeza y brazos que nunca quise conocer por miedo a que desvirtuaran aquello que yo amaba con exaltación.
Nieves Correas Cantos

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