Las vacaciones
En una época veraneé muchas veces en Vejer. El lugar me parecía de una belleza arrobadora; y sus costumbres, clima, habla y demás eran tan distintos a los de Barcelona que pasar allí unas semanas me permitía experimentar una cumplida renovación.
La nube negra
Pero un año, y no sé en qué momento de la holganza lo hizo, apareció una sombra que vino a empañar mi ánimo. Un mal presentimiento que no me abandonaba ni de noche ni de día. La sensación de que algo horrible iba a suceder en mi vida en los meses posteriores...
Recuerdo que una mañana, cuando estaba bañándome en la Playa del Palmar, esta impresión se hizo más patente. Me vi en el siguiente estío sumergida en las mismas aguas, pero siendo ya otra persona a causa del dolor. Lo que no podía adivinar era qué iba a provocar ese dolor, aunque sí sabía que tal cosa ocurriría indefectiblemente.
Toreros, folclóricas y rocanrol
Buscando hacer más llevadera esa desazón que me atenazaba, me refugié en el rocanrol. Ocupaba las horas muertas bailando a su ritmo; mas como no obtenía resultado, probé con el esperpento. Fui a visitar lugares donde vivían toreros y folclóricas; y, sin ser en absoluto mitómana, jugué a comportarme como la más acérrima fan. Me fotografié en la puerta de Cantora, en Ambiciones, en el coso rondeño... Indudablemente aproveché las ocasiones para comprar alfajores en Medina Sidonia; comer en Ubrique; pasear por las calles de Ronda...
La vuelta a la ciudad
Después, a finales de agosto, volví a la ciudad. Y aquel otoño, unas jornadas antes de que entrara el invierno, el presagio anunciador se hizo realidad.
El último estío
En la canícula siguiente volví a Vejer sabiendo que tardaría mucho tiempo en regresar. Un amanecer, mientras nadaba en las frías aguas del Palmar, recordé el verano anterior y me sentí invadida por la nostalgia...
Nieves Correas Cantos

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