A mí, esta etapa de la vida me parece un horror. Para empezar, no sé cómo denominarla. Desconozco qué periodo se corresponde con los años que tengo: ¿Posmadurez?, ¿senectud?, ¿prevejez?...
Lo peor es la mengua del ardor; la disminución de ese entusiasmo necesario para apreciar el esplendor y lustre de las cosas. Una tibieza de la sangre que te mantiene casi constantemente en la gama de los grises. La insipidez que ves reflejada en los ojos de los coetáneos que te rodean y que intuyes que también se ha adueñado de ti...
¿Y qué decir de los achaques que acompañan a esta edad y que suelen presentarse en los momentos más inoportunos? Alifafes que sin ser graves pueden fastidiarnos cualquier plan...
¡Y eso sin hablar de complicados problemas de salud! Es lógico y también triste que para muchos, en esta fase de la vida, la mayor ventura sea quedarse como está.
Pero también se adquieren cosas buenas con el tiempo; cualidades de las que podemos disfrutar. La publicidad dirigida a nosotros así lo asegura con mucho bombo y platillo...
Nieves Correas Cantos

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