martes, 6 de octubre de 2020

WILGEFORTIS Y EL PERIODIQUERO

 Como los domingos no venden periódicos en el lugar que habito, me voy a comprarlos al pueblo de al lado. Este ir tras el diario es una necesidad, ya que tengo el hábito de leerlo cada mañana; y si en alguna ocasión, sea por el motivo que sea, no lo puedo hacer, me encuentro incómoda y con sensación de vacío.

Después de varias visitas semanales al quiosco de la localidad vecina, creo que el periodiquero que lo lleva me pretende. No es algo que pueda asegurar de manera categórica, pero por ciertos detalles que tiene conmigo, y las chiribitas que le hacen los ojos cuando me mira, diría que sí.

El vendedor de periódicos es un hombre alegre y con buen porte (un día mencionó de pasada que cincuenta años atrás había sido míster comarcal). Su conversación es amena y sus modales adecuados para mí. Me gusta su oficio y lo positivo que parece ser. Lo único que deslustra un poco su atractivo es que tiene el pelo muy ralo y de un color desvaído; y que, por como huele, diría que se pone abrótano macho. Pero ¿qué le vamos a hacer? Como dicen al final de la película “Con faldas y a lo loco”, nadie es perfecto.


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