El Marramao - 1960
Flor pasó de tener fama de virtuosa a ser el hazmerreír de su pueblo; de poseer una techumbre de respetabilidad bajo la que cobijarse a quedar a la intemperie...
Y todo porque, cuando fue a contarle sus pecados al sacerdote, no advirtió que al otro lado del confesionario se hallaba la mujer más chismosa del lugar con los oídos avizores.
Creyendo tener sus secretos a salvo, la solterona Flor declaró al confesor que había cometido el pecado solitario; y, cuando éste le pidió que especificase, detalló que cada vez que un viajante de moqueros visitaba su pañolería, después, en la oscuridad de la noche, ella entraba en un estado psicodélico difícil de fijar con claridad.
A través de la celosía añadió que, aunque el protagonista de sus tórridos sueños se llamaba Paco, le decía “Merculino” porque era el miércoles el día en que aparecía por su tienda; y que el Varón Dandy que utilizaba el susodicho la excitaba sobremanera. Tanto, que le bastaba destapar el frasco de la fragancia del mismo nombre que ella había comprado subrepticiamente para enardecerse y dejarse llevar.
Y mientras estas palabras pasaban de un lado a otro del enrejado de madera, la repugnante correveidile que estaba escuchando cerca pasó del pasmo al regocijo, y de éste a la prisa por contarlo.

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