A mí lo que me gustaría es dejar de ser un don nadie y que mis opiniones fueran tomadas en consideración. Y no hablo de tener mucho predicamento porque no he hecho nada para merecerlo; pero sí desearía que se me prestara atención, y que los demás vieran que mis ideas son tan válidas como las de cualquiera.
No tengo títulos que me amparen ni soy un demóstenes, que digamos. Mas estoy seguro de que si mi persona empezara a despertar interés, enseguida me soltaría y quizá podría desarrollar algún talento.
Nunca he sido brillante; y, salvo la mala suerte, no recuerdo haber atraído jamás nada ni a nadie. Sí, hipotético lector, es que, para completar mi desventura, encima soy gafe.
Envidio a los hombres que son influyentes y tienen poder. A esos que mantienen legiones de creaturas pendientes de sus palabras, aunque lo que digan sean sandeces.
El otro día, un mindundi como yo llamó don nadie a los que habitan en una atalaya; y, aunque me regodeé imaginando que era cierto, lo tuve que corregir. Don nadie somos nosotros, le dije. Ésos a los que te refieres pueden pecar de envanecidos y morir de presunción; pero cubiertos de la más absoluta irrelevancia estamos nosotros.

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