Necesito recoser los botones de una americana. Ajustar y unir fuertemente con hilo catorce piezas doradas; porque si no las fijo, acabarán desprendiéndose de la tela y se caerán.
Con la botonadura en este estado no tendría que ponerme la chaqueta, pero sí lo hago porque es una prenda muy chic y apropiada para este tiempo.
Cuando por la noche estoy en la cama, pienso que con los botones desencajados ofrezco un aspecto desaliñado y me entra preocupación. Me digo que si en algún tiempo una necesita ir pulcra y atildada es a mi edad; y que no debería serme indiferente ir o no bien arreglada...
Entonces se apodera de mí la prisa y, si no fuera porque no hay luz, me levantaría y empezaría a dar puntadas. Pero todo se queda en un amago porque al día siguiente, cuando el sol resplandece en todo lo alto, soy incapaz de sacar los utensilios de costura y de empezar la labor. Y es que me parece una tarea tan poco atrayente... ¡Y además tendría que repetir el remate catorce veces!
Ayer por la mañana en la pescadería, al ver a mi vecino Demetrio comprando dos pescadillas, se me ocurrió una idea que no me atreví a exponerle por miedo a que me tachara de excéntrica. Como él tiene que ser muy apañado para el costureo (vive solo y siempre va compuesto), me vino a la cabeza proponerle que, a cambio de que me arreglara el blazer, yo le podía freír los dos peces teleósteos que estaba a punto de llevarse a casa. Pero ya digo, tuve miedo porque solo faltaba que encima de dejada pareciera peculiar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario