La canción “Senza fine” me parece muy hermosa. Durante años, cada vez que la oía me entraba una especie de saudade; pero desde que vi “El barco fantasma”, lo que principalmente se me representa en la imaginación al escucharla es la escena del baile de dicha película.
Mi descubrimiento de este filme (el de la melodía había ocurrido muchos años antes) debió de suceder por los años de 2003, mientras pasaba las vacaciones de verano en el Valle de Arán.
Recuerdo que las frescas temperaturas del lugar habían acrecentado mi vigor hasta límites insospechados (el calor me abotaga), y que me encontraba plena de facultades disfrutando de aquellos días.
Una mañana vi como los ciclistas que luego participarían en las grandes vueltas se entrenaban subiendo el puerto del Portillón con las bicicletas cargadas con pesadas piedras. Y otra, fui a las fiestas de Bossòst y me divertí contemplando a la chiquillería revolcándose en la espuma que expulsaba un cañón...
Un mediodía comí a la orilla del Garona a su paso por Les; y por la noche asistí a un concierto de bandoneón en no recuerdo qué sitio... y también me tomé un helado en Luchon cuando visité la ciudad.
Y muchas veces me he preguntado cuál sería el destino de aquel hombre enfermo y ateo que conocí cenando en el comedor del hotel; y que, sabiéndose desahuciado, me confesó que pensaba visitar el Santuario de Lourdes como último recurso.

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