I
Encontré el disco en la chamarilería de Nicomedes y enseguida lo reconocí. Estaba debajo de un mapamundi; y al verlo impoluto, pensé que esa cartulina con dos hemisferios dibujados lo había preservado para mí.
En la carátula de aquel elepé aparecía Facundo Cabral; y no necesité mirar el revés, donde venían las canciones, para saber que entre éstas figuraba la que durante una época había sido un himno para mí.
Con el ánimo conmovido y el microsurco entre las manos me dirigí a la trastienda, donde el viejo Nicomedes me sirvió una absenta e hizo que el picú comenzara a girar... Y cuando por la estancia empezaron a esparcirse las primeras palabras del recitado de “No soy de aquí ni soy de allá”, me retrotraje a mi primera juventud.
II
Tiempo en el que Hispanoamérica me deslumbraba, y tenía mis ojos y mi pensamiento predominantemente allí. Días en los que me empapé de su cultura merced a las novelas que leí; la música que escuché; y los amigos con los que me relacioné...
Estudiantes de aquellos países con los que compartí aulas y establecí grandes amistades. Compañeros que me hicieron vibrar con las historias de sus patrias, y a los que logré emocionar con las narraciones de la mía... Gente que amplió mi visión del mundo y con la que crecí.
Con algunos de ellos, al terminar las clases, nos íbamos a un chamizo a tocar la guitarra y a cantar. Y fue “No soy de aquí ni soy de allá” la melodía que, a fuerza de interpretarla, nos identificó como grupo y nos unió hasta no caber más.
Evidentemente, y como hacía el propio Cabral, nosotros también improvisábamos:
“Me gusta el lápiz tanto como el bolero,
el swing, la copla y también los sombreros...”

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