jueves, 22 de octubre de 2020

EL DESAHOGO DE UNA BAILONGA

 Desde que cerraron el salón de baile “El perfume almizcleño” a causa de la pandemia, estoy sin alicientes. Antes me pasaba toda la semana esperando que llegara el sábado para acudir a dicho lugar. En cambio ahora, con la única alternativa de quedarme en casa viendo la televisión, empiezo a preguntarme si mi vida tiene sentido.

Gente cercana me aconseja que, para aliviar la aflicción, ponga música y me mueva a su compás por el pasillo de mi casa. Pero ¡qué saben ellos si no son bailongos! ¿Cómo explicarles ese estado de extrema excitación en el que entra un apasionado del baile cuando se encuentra en medio de la pista?

Los vestidos que lucía para marcarme un tango o un swing permanecen mustios en el ropero; y al kohl y al pintalabios hace meses que no les he quitado el capuchón...

Los potingues contra las arrugas me los sigo poniendo porque las muy p.... avanzan imparables y me tengo que defender.

¿Cuándo acabará esta pesadilla?

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