De todas las cosas que me está trayendo la vejez, la que más me gusta es la serenidad. Con este apaciguamiento del ánimo, incluso estoy viendo el mundo de otra manera.
Y no es que yo fuera antes una persona egocéntrica y autocomplaciente, de esas que se pasan todo el día mirándose el ombligo. ¡Qué va! Pero sí que tenía mucha vehemencia y, ante las respuestas que no me parecían lógicas, cogía grandes enfados y comenzaba a despotricar hasta que llegaba el desenojo.
Ahora por el contrario, con los ardores muy mermados y esta bendita quietud, cuando ocurre algo que me incomoda, no me permito la mínima pesadumbre y directamente me pongo a volar. Y es en este paseo por el aire, con la facultad de comprender muy exacerbada, cuando veo todo y a todos en su justa dimensión.

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