jueves, 22 de octubre de 2020

EN EL ESPEJO DE MI CASA

 

El desajuste

A veces me he probado una prenda de ropa en la tienda y me he encontrado divina; y después, cuando me he visto con ella puesta en el espejo de mi casa, he pensado que me sentaba fatal.

Era como si la imagen esbelta y sofisticada que había aparecido reflejada en la luna de la boutique se hubiera quedado prendida en su azogue; y una figura ordinaria y sin pizca de glamur hubiera venido a ocupar su lugar en la lámina brillante de mi alcoba.

Buscando el porqué

Al preguntarme sobre cuál podía ser la causa de semejante desajuste, me venían a la cabeza los espejos trucados de las barracas de feria y sus reflejos distorsionados como posible explicación. También me decía que la diferente iluminación del atelier y de mi dormitorio podía tener algo que ver; y que tampoco era lo mismo estar acompañada por el frufrú del probador del taller que por los ruidos domésticos de mi hogar.

Mi determinación

En estas ocasiones en las que me veo horrible con la ropa que me acabo de comprar, no la devuelvo. Me contrarío porque no la voy a poder estrenar, pero no me desaliento. Pienso que el tiempo para que la pueda lucir está por llegar, y que lo que tengo que hacer es guardarla en el armario.

Y así, por ejemplo, este otoño he desempolvado una gabardina que adquirí hace un montón de años en Alicante. Un impermeable que nunca me pude poner porque, nada más salir de la tienda, encontré que me daba apariencia de abuela. Un ropaje que en estos días de mi vida me sienta a la perfección.



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