domingo, 17 de junio de 2018

El gurú


Cada día espero con ansia su escrito. A las 6 pongo el ordenador; y, mientras desayuno y ejecuto los quehaceres mañaneros, estoy constantemente mirando la pantalla para ver cuando aparece. Normalmente lo hace a las 7, aunque hay días que se  adelanta y otros que se atrasa. Esto me provoca miedo e inseguridad, pero al final siempre se manifiesta.
Distingo enseguida su post.  Además de por la hora, porque su nombre es inconfundible y porque sus títulos están escritos enteramente en mayúsculas. Y, cuando leo lo que escribe, tengo la sensación de que me lo está diciendo solamente a mí.
A veces pienso que es imposible que un hombre conozca tan bien lo que guarda el alma de una mujer madura; y que lo más probable es que, debajo del seudónimo con que aparece, se esconda un psicólogo de gran penetración o una aplicación informática. Pero la cuestión es que me ayuda a sobrellevar la soledad.
No sé. El miércoles, este ser tan fascinante que tan buenos ratos me hace pasar va a dejar la realidad virtual y se va a hacer carne. Por un lado me muero de ganas de conocerlo en persona; pero por otro, temo decepcionarlo o que me desilusione él a mí. Sería terrible que perdiera su aura y yo ya no pudiera volver a disfrutar desmenuzando sus escritos.

De turbación en turbación


Ahora que se acercan las fiestas de San Juan, me vienen a la cabeza un sinfín de recuerdos de cuando era adolescente: el sermón de la carne; las atracciones de feria; el entoldado...
El primero se refiere al sermón que pronunciaba el párroco el domingo anterior al solsticio de verano. Trataba sobre la lascivia y los deleites carnales, y era tremebundo. Voceando y gesticulando sin parar, recordaba a los feligreses que la carne es uno de los enemigos del alma; y les advertía de que el maligno siempre está al acecho. De esta predicación, los más jóvenes salíamos con el ánimo conturbado. Pero no permanecíamos mucho tiempo en ese estado porque, en cuanto veíamos a los partenaires de los que andábamos enamorados, entrábamos en otro tipo de turbación.
El segundo recuerdo alude a lo erótico que nos resultaba montarnos en los coches de choque con la persona que nos gustaba: lo exiguo del asiento que nos obligaba a estar pegados; el traqueteo y los chocazos que nos echaban a uno sobre el otro y al otro sobre uno...
Y el tercero... ¡ay el tercero! En medio de la pista de un entoldado, rodeados por un gentío y un inmenso guirigay, mi enamorado dibujó mi nombre con su boca y luego añadió un “te quiero”.

Quebrantos de salud, contratiempos y alguna que otra pejiguera


Mi amiga Paquita está padeciendo una serie de quebrantos de salud y contratiempos que, sin ser graves para su persona, le están condicionando la vida. Ella es muy pizpireta y tiene recursos para no deprimirse, pero con tanto arrechucho e imprevisto desagradable, al final va a acabar cayendo en el desaliento.
Como vivimos lejos una de la otra, yo sólo puedo infundirle ánimo a través del teléfono, y llamarla es lo que hago. Pero a veces, ante tanto desastre, es difícil mantener la compostura. El otro día, por ejemplo, cuando la llamé para que me contara como había ido la Primera Comunión de su nieta, me dijo que todo había tenido que suspenderse porque la otra abuela de la pequeña había muerto de repente dos horas antes de la misa.
Y yo... ¿qué quieren que les diga? No sé si por histeria o por no sé qué, ante semejante cúmulo de adversidades, estallé en carcajadas. ¡Y menos mal que Paquita me secundó! 

¡Qué miedo!


Procopio era un hombre pesimista y poco dado a matizar. Incapaz de ver el lado favorable de las cosas, se pasaba el día presagiando males y hundiendo el ánimo de los demás. Su conversación estaba compuesta de frases hechas; y, entre ellas, la más repetida era: “Dios nos coja confesados”.
Procopio regentaba una abacería que se llamaba “Siniestros augurios”; y allí, mientras vendía legumbres y bacalao a los parroquianos, les hacía unos vaticinios que para qué.
Es evidente que si los clientes seguían acudiendo a una tienda con un ambiente tan “festivo” es porque no había otra en el pueblo. Hay que considerar que de los arenques que vendía Procopio no se podían privar.

domingo, 3 de junio de 2018

El Bloomsbury manchego


Ayer, cuando estaba sentada en un banco del bulevar, vino a ponerse a mi lado un anciano de buen porte. Entablamos conversación y me dijo que era de La Mancha; y que estaba en Barcelona con motivo de un entierro. Al decirle que yo también provenía de aquellas tierras, se estableció entre nosotros una ligazón que nos llevó a sentarnos en una terraza y a tomarnos un chartreuse. Y así, inspirados por la bebida espiritosa y confortados por la luz y el calor del sol, nos entregamos a las revelaciones. 
Mi paisano declaró que era veterinario y cofundador del Círculo de La Terrera; un grupo semejante al de Bloomsbury que existió en la región manchega por los años de 1960. Me habló de los miembros que lo componían y de sus audaces y novedosas ideas; de la pacatería y los convencionalismos de las personas entre las que tenían que vivir; de la atmósfera opresiva y asfixiante de aquellos tiempos; de amores cruzados y no correspondidos...

Una pasión que devora


Trinidad procura encandilar con su mente, pero como también le gusta lucir palmito, nunca sale de su casa sin estar perfectamente acicalada. Y así, sintiéndose hermosa por dentro e irresistible por fuera, nuestra amiga se fue el sábado pasado a visitar La Fira Gran.
La encontró muy concurrida; y, en las diversas casetas, pudo ver productos a cuál más idóneo para las personas de nuestros años: viajes de placer, audífonos y prótesis en general, quiromasajes...
Pero lo que más le complació fue constatar que, independientemente de la edad, la gente tiene aficiones y proyectos, y que a ellos se entrega con fruición. Vio a mujeres realizar in situ encajes con bolillos; a hombres y mujeres bailar sevillanas y country... y, en un momento en el que el escenario estaba vacío, Trinidad se subió a él y les explicó a los presentes en qué consiste esa pasión por escribir que la devora por dentro. 

Ni tanto ni tan poco


A veces, cuando voy en el metro, miro los rostros de los seres que me rodean y advierto que todos son más jóvenes que yo. Entonces me siento una abuela; y, durante el tiempo que dura el trayecto, no dejo de verme y de reconocerme como tal.
Otras veces, cuando estoy entre gente de mi quinta y aún más mayor, no diré que me siento una piba, pero sí que me percibo en la plenitud.
Y ahora, mientras escribo estas líneas, pienso que no soy ni una cosa ni la otra. Que no estoy en la senectud, pero tampoco, con certeza, en el momento álgido de mi vida. Que voy subiendo una montaña en la que veo gente que me precede y coetáneos que me circundan. Y que, como conforme asciendo el camino se va despejando más, no estoy segura de querer experimentar la soledad de los últimos tramos.