domingo, 17 de junio de 2018

De turbación en turbación


Ahora que se acercan las fiestas de San Juan, me vienen a la cabeza un sinfín de recuerdos de cuando era adolescente: el sermón de la carne; las atracciones de feria; el entoldado...
El primero se refiere al sermón que pronunciaba el párroco el domingo anterior al solsticio de verano. Trataba sobre la lascivia y los deleites carnales, y era tremebundo. Voceando y gesticulando sin parar, recordaba a los feligreses que la carne es uno de los enemigos del alma; y les advertía de que el maligno siempre está al acecho. De esta predicación, los más jóvenes salíamos con el ánimo conturbado. Pero no permanecíamos mucho tiempo en ese estado porque, en cuanto veíamos a los partenaires de los que andábamos enamorados, entrábamos en otro tipo de turbación.
El segundo recuerdo alude a lo erótico que nos resultaba montarnos en los coches de choque con la persona que nos gustaba: lo exiguo del asiento que nos obligaba a estar pegados; el traqueteo y los chocazos que nos echaban a uno sobre el otro y al otro sobre uno...
Y el tercero... ¡ay el tercero! En medio de la pista de un entoldado, rodeados por un gentío y un inmenso guirigay, mi enamorado dibujó mi nombre con su boca y luego añadió un “te quiero”.

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