A veces, cuando voy en el metro, miro los rostros de los seres que me rodean y advierto que todos son más jóvenes que yo. Entonces me siento una abuela; y, durante el tiempo que dura el trayecto, no dejo de verme y de reconocerme como tal.
Otras veces, cuando estoy entre gente de mi quinta y aún más mayor, no diré que me siento una piba, pero sí que me percibo en la plenitud.
Y ahora, mientras escribo estas líneas, pienso que no soy ni una cosa ni la otra. Que no estoy en la senectud, pero tampoco, con certeza, en el momento álgido de mi vida. Que voy subiendo una montaña en la que veo gente que me precede y coetáneos que me circundan. Y que, como conforme asciendo el camino se va despejando más, no estoy segura de querer experimentar la soledad de los últimos tramos.

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