domingo, 17 de junio de 2018

¡Qué miedo!


Procopio era un hombre pesimista y poco dado a matizar. Incapaz de ver el lado favorable de las cosas, se pasaba el día presagiando males y hundiendo el ánimo de los demás. Su conversación estaba compuesta de frases hechas; y, entre ellas, la más repetida era: “Dios nos coja confesados”.
Procopio regentaba una abacería que se llamaba “Siniestros augurios”; y allí, mientras vendía legumbres y bacalao a los parroquianos, les hacía unos vaticinios que para qué.
Es evidente que si los clientes seguían acudiendo a una tienda con un ambiente tan “festivo” es porque no había otra en el pueblo. Hay que considerar que de los arenques que vendía Procopio no se podían privar.

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