Cada mañana hago el amor con un desconocido. Sucede en el ascensor; mientras recorro los cincuenta pisos que me separan de la calle. Mi partenaire es alguien que me precede en el uso del montacargas. Un ser del que ignoro todo, excepto su olor.
Sus efluvios me parecen secos; los propios de una persona formal. En los primeros días, dichos efluvios se adentraban por mis fosas nasales y como un elixir deliciosamente suave y áspero a la vez me impregnaban cumplidamente. Pero después de una semana, mi fantasía comenzó a corporeizarse y los placeres matutinos entraron en un nuevo estadio.
Ahora, el hombre imaginado tiene un físico determinado. Su apariencia es la misma que un libro que leí de adolescente en las monjas definía como el prototipo de la masculinidad; y sus actitudes basculan entre la acrimonia y la delicadeza...
En una ocasión pude haberle visto. Sucedió cuando cambiamos al horario de verano; el primer lunes en que tuvimos que madrugar. El hombre fragante, rezagado, estaba dentro del elevador que acudió a mi llamada. Sé que era él porque apenas abierta la puerta, vislumbré una figura que emanaba el seductivo aroma... Entonces tuve la oportunidad; mas lo que hice para preservar mi sueño fue retroceder y dejarlo marchar...
Nieves Correas Cantos

No hay comentarios:
Publicar un comentario