sábado, 13 de mayo de 2023

DOÑA FLORENTINA Y EL HORRIBLE PORMENOR

 Cuando una conversación me aburre, no suelo bostezar. Lo que sí me sucede de manera invariable es que se me caen los mofletes. Es como si el tedio se me acumulara en los carrillos y con su peso los hiciera descender.

Si mi interlocutor es sagaz, mi desplome facial le hace comprender que la charla que mantenemos no consigue cautivarme y reacciona; mas como se trate de un dialogador pagado de su discurso y/o poco avisado, puede seguir con su cháchara durante horas, aunque las mejillas me lleguen al pecho. 

Esto último es lo que me sucede con un amigo bonísimo, pero más pesado que el plomo. Coleccionista de botellines, el problema no radica en que a mí no me interesa nada su afición; sino en que, careciendo de elocuencia, no deja de hablar de ella. Sin advertir que la minuciosidad está reñida con el entretenimiento, mi allegado explica con todo lujo de detalles hasta la mayor pequeñez. Pormenoriza y pormenoriza... ¡No hay quien lo aguante! ¡Cada vez que lo veo me echo a temblar!

Nieves Correas Cantos

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