Ayer, cuando me enteré de la muerte de Jean Paul Belmondo, pensé que mi pasado se empezaba a parecer a un sombrío caserón. Una triste mansión en la que cada día que pasaba habitaban menos seres vivos y más espectros.
En la adolescencia, yo estaba enamorada del actor francés. Antes de ver la película “Al final de la escapada”, ya lo había descubierto y catalogado como el hombre más atractivo del mundo. Llevaba una fotografía suya recortada del ABC entre las páginas del libro de Física; y recuerdo que, contemplando su sugerente fealdad en medio de las leyes de Newton, llegaba al éxtasis.
En aquel tiempo, una amiga mía portaba un retrato de Alain Delon por dentro del sujetador, rozándole el pecho. Y otra dormía con un banderín en el que estaba estampada la imagen de Robert Wagner debajo de la almohada. Nunca les dije nada; pero siempre pensé que sentir al amado entre inercias, aceleraciones, acción y reacción... era mejor. ¡Dónde va a parar!
Luego vino la película de Godard y ahí, aunque en otro sentido, también me prendé de Jean Seberg...

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