La envidia más palmaria es la que se disfraza de desdén. Tratar de desfigurar los celos con menosprecio es la manera más segura de evidenciarlos.
Una vez, una amiga mía que era esquiladora fue elegida por un virtuoso de este arte no sólo para que le cortara la lana a sus ovejas, sino con el fin de que lo pelara a él también.
Mi allegada se puso a trabajar con mucho ahínco; y fueron tan exquisitos la trasquila y el pelado que ejecutó que el experto decidió mostrar el resultado a todos los compañeros de profesión.
Organizó una gira por los pueblos de la comarca; y, ante el escaparate donde se presentaban ellos dos y algunos rumiantes de muestra, fueron pasando personas con ganas de apreciar el resultado. Pero aquellos a los que la rabia les atenazaba el espíritu permanecieron en sus guaridas, urdiendo la manera de poder contemplar la prodigiosa peladura sin que constara en ningún sitio que lo habían hecho.

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