Desde hace dos horas espero un tren que parece que nunca va a llegar. El lugar en el que me hallo es una estación perdida en medio de un cardizal. Fuera hace un calor horroroso. Tengo sensación de asfixia; aunque no es sólo por la alta temperatura, sino también por la situación.
Dentro del edificio estamos una mujer que no deja de hablar acerca de operaciones quirúrgicas y yo, que permanezco en silencio. Antes había un ferroviario al otro lado de la ventanilla con la intención de vender billetes; mas como no aparecía ningún viajero, hace rato que se fue. Seguramente lo hizo harto del parloteo incesante de la otra pasajera y de que le preguntásemos sobre la llegada del convoy.
La cháchara de la extraña transeúnte, por momentos, se está llenando de sangre y vísceras. Yo intento abstraerme; pero con tantos órganos extirpados por aquí, miembros amputados por acá e implantes por acullá, es imposible. Esta señora se encuentra en éxtasis rodeada de asaduras y muñones; y yo ya no puedo más.

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