Mi aversión a la desmesura en lo que se refiere a cine, literatura y música viene de antiguo; exactamente, desde que oí por primera vez la canción ”La novia”, de Antonio Prieto. Fue en una barraca de feria y me impactó. Prestando atención a la letra; viendo a la intérprete exagerar hasta convertir su actuación en puro aspaviento; y contemplando al público soltando jipidos, pensé que en el mundo ocurrían cosas muy raras que yo no podía entender.
Los melodramas que echaban en el cine con idéntico resultado y las fotonovelas que devoraban muchas mujeres de manera abierta y algunos hombres a escondidas confirmaban mi idea.
Sin embargo, esta antipatía hacia lo lacrimógeno no es tan tajante como puede parecer. La novela “Una página de amor” de Émile Zola, por ejemplo, a mí me encanta. Este folletín, que sé que algunos encuentran infumable, despierta en mi lado friki unos sentimientos singulares y extraños difíciles de concretar.
¡Y qué decir del bolero “Espérame en el cielo”! Cuando voy en el coche y oigo la voz de Dyango entonando las estrofas, las lágrimas fluyen por mi cara sin poderlo remediar.

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