lunes, 27 de agosto de 2018

Un tonto envanecido


Siempre has sido un cursi, Heliodoro; pero desde que vives en la ciudad, tu afectación no tiene límite. Aquí en el pueblo nos es difícil aguantarte, y sólo lo conseguimos con buenas dosis de humor y socarronería.
Consideras que tus paisanos somos unos cafres pendientes de civilización; y, cuando estás entre nosotros, no dejas de pavonearte creyéndote superior. 
El problema es que el bagaje intelectual del que presumes no es más que un ligero barniz; y así, te pasa lo que te pasa.
El otro día, por ejemplo, corregiste a una lugareña cuando la oíste llamar al desván guardilla. Con tu insoportable pedantería, le dijiste que la palabra correcta para nombrar esa parte de la casa era buhardilla. E incluso, te permitiste deletrear el vocablo para hacerle saber que llevaba hache intercalada.
La mujer, que te conoce, con mucha flema te respondió que tan libre de error estaba guardilla como buhardilla, boardilla y bohardilla. Pero tú, que te has convertido en un tonto envanecido, te mantuviste en tus trece. Luego, sólo hubo que mirar el diccionario...

La Luna roja


¡Nooooooo! ¡Fuera de aquí, malandrina! ¿Cómo te atreves a conturbar mi éxtasis? Estoy en lo alto de este risco contemplando la luna, y vienes tú, con tu móvil, pretendiendo enseñarme un vídeo de tus nietos haciendo monerías. Los pequeños son  preciosos, pero no es el momento. ¿Por qué no tiras el teléfono al zarzal y dejas que la belleza del eclipse suspenda tu ánimo?

domingo, 24 de junio de 2018

Deslumbrada por el vil metal


Después de leer un artículo sobre los “influencers” y el dinero que pueden llegar a ganar, estoy pensando en convertirme en uno de ellos.
Sé que lo primero que tendré que hacer es vencer mi aversión a ser fotografiada; y lo segundo, hacerme un remozado para presentar una apariencia más moderna. Las dos cosas me van a costar, pero es tan grande el montón que entreveo al final del camino, que estoy bien dispuesta a llevarlas a cabo.
También sé que, como no soy conocida, tendré que dar el campanazo con algún otoñal famoso y salir en televisión a contarlo; aunque en todo esto pensaré cuando llegue el momento.
Ahora, lo que ocupa mi mente es el sinfín de cosas de las que puedo hablar: belleza, moda, alimentación, viajes... y si se tercia, incluso daré algún que otro consejo de índole sexual.
¡Adiós, amigos! Feliz verano a todos.

Una fuerza moral incontenible


Anteayer, en el encuentro, me preguntaron cúal es la técnica que utilizo para escribir, y yo contesté que acercarme con humildad a la lingüística. Mi respuesta desconcertó a los presentes, pero es que es la verdad: amo el lenguaje sobre todas las cosas y lo cuido con fervor. 
Cuando cojo el papel y el lápiz, no es porque algún episodio de mi vida me perturbe y necesite desahogar el ánimo. El motivo es que mi imaginación está continuamente trabajando y no me deja en paz; y que me fascina jugar con las palabras.
Para mí, escribir significa darle curso a una fuerza moral incontenible. Haciéndolo alcanzo el sosiego; pero como ocurre cuando eres víctima de una pasión, éste dura poco.

Una especie de terapia de grupo


Para una servidora, el encuentro de ayer fue una experiencia cuasi psicodélica. Los hechos vividos me hicieron sentir sorpresa, asombro, envidia, emoción... 
Sorpresa porque me resulta incomprensible y me maravilla que alguien pueda hablar de cosas personales en público. Y lo mismo digo en cuanto a exponer las ideas políticas o las creencias religiosas. ¡Y allí si se habló y se expuso! Pero todo fue dado a conocer con tanta naturalidad y sencillez que el resultado fue positivo y digno de aplauso.
Asombro y envidia porque nuestro amigo P. (como conductor del acto) estuvo hablando cuatro horas seguidas sin dar muestras de cansancio y sin que el interés de su plática decayera. Teniendo en cuenta que mi menda no es capaz de hablar más de cinco minutos (y esto con gran dificultad), imaginaos mi asombro ante este prodigio de las palabras.
Y emoción porque, al terminar el acto, cuando una tenía la sensación de haberse comportado como un bicho raro, se me acercó una mujer y me dijo que le encantaba como hablaba y que le gustaría tener mi libro.
¡Como esto siga así, en la próxima reunión cuento yo mi vida!

Dos deseos


Jamás he deseado ser más alta; ni más guapa; ni más lista... Pero sí que me hubiera gustado ser capaz de expresarme bien oralmente y tener una buena cabellera.
Mi timidez siempre ha supuesto un inconveniente cuando he tenido que hablar en público. Pero es que, además, nunca he logrado acompasar el pensamiento con las palabras. Y así, mi habla es a veces una especie de galimatías que desespera al que me escucha.
¿Y del pelo? ¿Qué puedo decir que no haya dicho? De joven lo tenía normal, pero ahora clarea sin control. Nunca salgo a la calle sin que mi marido, si está en casa, me diga si tengo a la vista alguna de las calvas de detrás. Sé que a muchas mujeres les ocurre lo mismo que a mí, pero esto no es un consuelo. Os confieso que cuando veo una cabellera afro, me quedo extasiada y muerta de envidia.

Un periplo por España


Fulano y Mengano se conocieron en casa de un amigo común y enseguida conectaron. Como además de hablar el mismo idioma habían bebido de idénticas fuentes, descubrieron pronto que se comprendían absolutamente e hicieron íntima su amistad.
Para su primera cita eligieron una cafetería decadente y señorial, y en ella pasaron la tarde bebiendo champán y hablando de literatura. Convinieron en que “El Jarama”, de Sánchez Ferlosio, era una de las mejores novelas en lengua castellana; aunque en lo que se refiere al teatro, no lograron ponerse de acuerdo.
Visitaron museos y también antros donde se tocaba el mejor jazz; y tan cómodos y tan entusiasmados se sentían el uno con el otro, que decidieron hacer un periplo por España.
Lo iniciaron en Teruel; y en esta ciudad, además de ver la arquitectura mudéjar, comieron un día con Leoncia. En Madrid tomaron el té con Corina; y a la mañana siguiente, ésta les acompañó a pasear por El Retiro y a comprar un almanaque con pinturas de Hopper. Julián les recibió en La Garrovilla, y delante de unos vinos, les habló de su afán por escribir. Disfrutaron de los Patios Cordobeses  y de la conversación con Ana. Y en las playas canarias, Emilio les enseñó a filosofar con solidez. Se detuvieron en Valencia para visitar la Ciudad de las Artes y las Ciencias y para conocer  a Olegario. Y en Tortosa, Paulina les acompañó a hacer un recorrido por el Delta del Ebro.
Cuando regresaron a Barcelona, se encontraron con que Pablo había organizado una merienda a la que iban a asistir varios amigos de la Web. Llamaron a Nieves, la mejor amiga de los dos, para cerciorarse de su presencia en la misma; y luego, se dispusieron a ir al evento para contarles a todos los hechos vividos.