La pandemia me ha quitado las ganas de ir al cine. Antes de que llegara la plaga, acudía a las salas de estreno al menos una vez a la semana; pero después del azote no las he vuelto a pisar.
Películas sigo viendo muchas; mas son de las que tengo en casa o de las que echan por televisión. Sin quererlo, a veces me pongo derrotista y pienso que la costumbre de sentarme ante una gran pantalla no la voy a retomar jamás. Tengo la impresión de que me he alejado demasiado de los cambios que se han producido en el mundo del celuloide y de que me va a ser imposible conseguir que sus novedades me resulten atractivas.
Sumida en la nostalgia por esa afición perdida recuerdo la primera vez que vi “Un tranvía llamado Deseo”. Fue en el Grand Cinema de una capital de provincia, cuando iniciaba la muchachez. Aunque ya había leído varias veces la obra de Tennessee Williams, no por ello los personajes dejaron de impactarme de una manera extraordinaria... En medio de la impiedad que se respiraba, siempre me conmovió la figura de Harold Mitchell por esperanzadora; ese amigo interpretado en el filme por Karl Malden...
Nieves Correas Cantos

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