Para preservar sus respectivos contenidos, ni el botijo ni la cabeza conviene tenerlos mucho tiempo al sol. Siempre que nos encontremos en un lugar donde éste dé de lleno, la alcazarra hay que guardarla debajo de un sombrajo; y la testa también. Aunque si el dueño del tiesto está moviéndose de una parte a otra, lo mejor que puede hacer es cubrirlo con un pañuelo moquero con cuatro nudos en las esquinas o con un sombrero de segador. Con cualquiera de las dos cosas, mocador o güito, logrará protegerse del astro.
Porque si no nos resguardamos y dejamos que el piporro y la sesera estén expuestos al rigor de la superestrella, el agua incluida en el primero y las ideas comprendidas en la segunda se calentarán hasta hacerse caldo y desaparecer; y luego pasa lo que pasa y se ve lo que se ve...
Nieves Correas Cantos

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