El comportamiento que guardo dentro de los ascensores no ha variado con la pandemia. Exceptuando el uso de mascarillas cuando tocó, mi manera de actuar en estos habitáculos siempre ha sido la misma: la propia de una efigie.
Una figura que, consciente de la cantidad de efluvios ajenos que contiene el tabuco, apenas respira. Imagen detenida; con la boca cerrada a cal y canto y emitiendo extraños sonidos si algún compañero de viaje se empeña en platicar...
Mi transformación en estatua cada vez que cojo el cuchitril me reporta provechos insospechados. Hace poco, un vecino que es artista ganó un premio de fotografía retratándome de esta guisa. Con mi brazo levantado como si estuviera sosteniendo el techo del elevador, el camarógrafo tiró la instantánea y la tituló “La cariátide del montacargas”...
Es evidente que después del galardón he adquirido cierta fama; y también que todo el mundo me conoce por el apelativo con el que me llamó el virtuoso de la escalera.
Nieves Correas Cantos

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