Hace casi medio siglo, cuando llegué a Vejer por primera vez, me encontré con un ser que creí celestial por la majestuosidad que desprendía. Me estoy refiriendo a Isabel, la abuela del que entonces era mi novio; una anciana que enseguida me acogió como una nieta más.
A su lado aprendí vocabulario, usos y costumbres del lugar. Conocí que por aquellas tierras, a fregar el suelo se le llama aljofifar (o su variante jocifar); y que uno no anda por caminos vecinales, sino por hijuelas. Los aljibes sustituyeron a los depósitos; y los serones a los capachos...
De un baúl que para mí era un arca, un día extrajo su traje de cobijada. Un manto y una saya de color negro forrados de blanco, que ella guardaba entre bolas de alcanfor. Me aseguró que antes de la Guerra Civil llegó a vestirlo; y que siempre había sido una de sus posesiones más queridas.
Recuerdo que Isabel me enseñó muchas canciones tradicionales; y de los niños muy traviesos, con su bondad infinita, decía que eran más malos que La Inquisición.
En el momento de la despedida, me prometió que vendría a Barcelona (el único viaje largo de su vida) para vernos y cumplir dos de sus sueños. Uno era que le devolvieran la vista a sus ojos casi ciegos. Y el otro, poder ver a los delfines bailar.
El primero, desgraciadamente no lo pudo satisfacer: en el hospital descartaron esa posibilidad. Mas el segundo sí. Un día llevamos a la noble dama al Zoológico y allí, sentada en un sitio preferente, pudo percibir la danza de los cetáceos.
Nieves Correas Cantos.

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