El verdulero de la esquina es un hombre de modales exquisitos que está aprendiendo nuestro idioma. Sus oídos avizores localizan cualquier palabra rara que digo; y, en esos casos, me pregunta por el significado de la misma e intenta repetirla cuidando la pronunciación. Después, me ruega que acepte una pieza de fruta o una hortaliza que quiere darme como prueba de su agradecimiento.
Cuando oyó de mis labios por primera vez el término “cascarria”, se desternilló; y, sin poder contener la risa, me regaló un puñado de tomates de esos que parecen cerezas. A mí aquellas bayas que explotaban en la boca me supieron a gloria y le estuve reconocida. Pero ayer, el aprendiz de español me obsequió con una granada y los resultados no fueron tan gratificantes. Me la entregó para corresponderme por haberle enseñado el vocablo “francachela”. El fruto estaba muy bueno; pero esos fueron los granos que me pude comer, ya que la mayoría salieron disparados al abrirla y aún ahora los estoy buscando.
Nieves Correas Cantos.

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