Esta madrugada, mientras escuchaba en la radio la canción “Con su blanca palidez” en versión de Santana y Steve Winwood, me he retrotraído a los tiempos de mi adolescencia. Época en la que toda yo era un revoltijo de emociones propulsado por un cohete lleno de energía e ilusión.
Instalada mentalmente en aquella era pretérita, me he dedicado a garbear por los ribazos de mi pueblo. Lugares que guardo en la memoria y que marcaron mi niñez.
He visitado la pendiente de Las Flores. La cuesta que en primavera se llenaba de yerba, amapolas y margaritas, y por donde mis amigas y yo nos dejábamos caer rulando una y otra vez...
El declive en el que la alfarera ponía sus vasijas a secar...
La costana en la que una vez, una muchacha muy pudorosa le arreó un mamporro a un joven que intentó darle un beso pillándola desprevenida...
Y por supuesto me he detenido en la ladera del Vacile Vacilón. Ese escarpe al que mis amigos y yo, después de los guateques en los que había estado sonando “Con su blanca palidez”, nos íbamos a ver ponerse el sol...
Nieves Correas Cantos.

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