Cuando vi el texto que escribió Carmen sobre las manos, me sumergí en un estado de aflicción y desconcierto. Pero no porque dicho pasaje fuera muy bueno (que lo era), sino por motivo de que me hubiera gustado ser su autora.
Lamentándome por haber perdido esa oportunidad, pensaba en cómo era posible que tal cosa hubiera sucedido; que la idea no se me hubiera ocurrido a mí. ¡Si yo había pergeñado relatos de prácticamente todas las partes del cuerpo! ¡Y de algunas de manera reiterada! Incluso hice un tratado de lo eróticos que me resultaban algunos antebrazos masculinos. De las uñas y su crecimiento también se había ocupado mi magín... Era como si los hados hubieran vuelto invisibles las palmas a mis ojos, reservándolas para que Carmen se luciera.
En fin, que reconociendo la extraordinaria calidad del cuento de mi amiga, me apené simultáneamente porque, aunque me hubiera encantado escribir acerca de lo mismo, para mí aquel era ya un tema tabú.
Y es que le doy tanta importancia a la originalidad que preferiría morirme antes que hacer un remedo. Y menos una imitación que nunca hubiera podido superar al modelo.
Nieves Correas Cantos.

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