Me encanta Raphael. Su voz me parece prodigiosa; y verlo actuar es un disfrute porque se presenta como un artista completo. Tengo grabados algunos de sus conciertos transmitidos por televisión; y fue precisamente ayer, buscando una de estas cintas, cuando encontré algo de lo que quiero hablar.
Se trata de un video o vídeo, pues de las dos maneras se dice, en el que aparezco yo treinta años atrás. Unas imágenes en las que se me ve saliendo de una iglesia al acabamiento de la misa mayor. La representación de como fui en el pasado que, comparándola con mi aspecto actual, me permite apreciar lo que el tiempo me quitó.
Observándome andar hacia la cámara advierto que, aunque quizá siga pesando lo mismo, los kilos no continúan distribuidos de la misma manera; y me fijo en las cualidades que antaño resplandecían en mi persona y que ahora ya no están: abundante cabellera, tersura, garbo, cintura...
Pero no me puedo quejar. A cambio de las gracias perdidas tengo canas, pelo ralo, arrugas, semblante de persona desabrida... ¿Para qué quiero más?

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