miércoles, 18 de noviembre de 2020

ADELELMA SE SINCERA

 Mi primer cosmético fue una sombra de ojos. Era de color añil; y recuerdo que venía en el interior de un estuche blanco junto con un difumino.

Al principio, como carecía del arte de aplicarme este producto, lo que lucía en los párpados eran dos manchurrones azules con algún que otro grumo; pero después fui cogiendo destreza hasta lograr que me saliera un esfumado perfecto.

Al cabo de unos meses, pareciéndome insuficiente el simple toque índigo encima de los ojos, empecé a utilizar el rímel como nuevo producto de embellecimiento; y luego vino el kohl...

La cuestión es que la falta de naturalidad me atraía igual que un imán y que emprendí una disparatada carrera hacia la afectación más absoluta. La línea de kohl que ennegrecía por arriba mis luceros se fue haciendo más y más larga; y, buscando la extrema sofisticación, comencé a dibujar arabescos con ella en mis sienes, frente y mejillas. Incluso había adornos que hacía llegar hasta detrás de las orejas... 

Ahora, he alcanzado un punto en el que mi cara le parece una máscara a cualquiera y, sin embargo, así es como yo me reconozco y acepto. Es horrible: no puedo prescindir de los potingues y volver a la normalidad...

No hay comentarios: