El mejor calorífero que existe es el entusiasmo; y más aún el juvenil. En esa edad, la fogosidad del ánimo puede llegar a quemar aunque el termómetro registre una temperatura de cero grados.
Lo sé porque una vez mis amigos y yo celebramos una fiesta de Nochevieja en una casona deshabitada que no tenía calefacción; y, a pesar de que en la calle hacía un frío helador, no acabamos convertidos en estatuas arrecidas.
Mi menda acudió al jolgorio con un vestido estilo jipi, botas y una cinta de rafia que me habían traído de París sujetándome la melena. Recuerdo que al llegar, cuando me despojé del maxiabrigo, tuve una especie de repeluzno; mas enseguida empecé a sentir calor... Fue en el instante en que sonaba “Una lacrima sul viso” en el picú y Abdías, el chico que me gustaba, me sacó a bailar. Con un gran parecido a Bobby Solo, pero más guapo si cabe, acercó su boca a mi oreja y, apenas rozándola, me susurró:
“Da una lacrima sul viso
ho capito molte cose...”
¡Madre mía! ¡Todavía me estremezco al recordarlo!

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