El coco de mi infancia fue una niña malvada y fea que se llamaba Rosabel. Una creatura que estaba entre los chiquillos con los que jugaba y por la que llegué a sentir auténtica repulsión.
Era alguien a quien le debieron quitar la ilusión a destiempo y de una forma abrupta; y que, por ese motivo, decidió ir arrancándosela a los demás con la misma violencia.
Me vi expulsada del Paraíso una tarde en la que ambas estábamos sentadas en un poyo y me contó la verdad acerca de los Reyes Magos y de las cigüeñas que venían de París.
Confieso que el desengaño fue infinitamente mayor en lo que se refiere a la primera revelación que a la segunda; porque, en aquellos momentos, todo lo que rodeaba al nacimiento de los bebés era un arcano al que le había prestado poca atención. Aunque sí recuerdo que, para hacer más visible su descubrimiento, la torcida Rosabel empleó unas palabras tan soeces que todo lo que estaba contando parecía bajo y despreciable.
Cuando desficieron mi ensueño, el ánimo se me trastocó; y, súbitamente, el mundo se me apareció de otra manera. Las magnitudes se hicieron perceptibles y empecé a notar el peso, la temperatura, el dolor...

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