Ayer, cuando llegué a la explanada por la que suelo pasear, me encontré con que habían puesto una feria. Imbuida de esa circunspección que nos da la edad, me adentré en ella, únicamente con la intención de mirar. Pero la feria me cautivó con su magia, y acabé comportándome como una quinceañera rediviva.
Al primer lugar al que me dirigí fue a la caseta de tiro al blanco. Acostumbrada en mi juventud a disparar a diana con la escopeta de perdigones de mi hermano, enseguida acerté a todas las bolas que hacían de blanco al otro lado del mostrador; y, en el punto en que ya no quedó ninguna, me marché a otro sitio.
Eufórica por mi buena puntería (demostración de la firmeza de mi pulso), me monté en una atracción que se llamaba “Adrenalina”. Sentada al lado de otras personas, aquello empezó a girar y me movió de arriba abajo, de izquierda a derecha y alrededor; y, cuando conseguí bajar, lo hice trastabillando y con la sensación de que todas las vísceras se me habían puesto en un sitio diferente al que tenían antes del infernal traqueteo.
Después, cuando dejé de tambalearme, paseé por entre los puestos de golosinas, churros y demás; y en uno de ellos me tomé un sánduche para merendar.

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