El olor de las flores y la palabra aletría siempre me llevan a la niñez; concretamente, al día 2 de noviembre. A esa jornada en la que el cementerio, un lugar repleto de cadáveres, se convertía en un espacio lleno de vida y color.
El pueblo entero estaba allí adecentando sus lápidas y ornándolas con plantas diversas; recordando a sus deudos fallecidos; platicando con los demás lugareños; enterándose o informando de cualquier cotilleo...
A media mañana, cuando los efluvios de las flores inundaban el aire y todo era un ir y venir de gente, aparecía el cura acompañado de dos monaguillos y un hisopo. En un lugar preeminente recitaba una oración; y, posteriormente, seguido de un coro de feligreses, pasaba por delante de todas las tumbas rociándolas con agua bendita.
Después estaba el condumio. Recuerdo que mis vecinas de dos o tres tumbas más allá siempre se llevaban aletría. En una especie de balconcillo que tenían delante del panteón se sentaban una enfrente de la otra; abrían el puchero y se repartían los fideos. Y todo lo hacían estando muy atentas y sin perder detalle de lo que ocurría a su alrededor... ¡eran fantásticas!
Y por la tarde, aunque ya con menos intensidad, continuaban las actividades...

No hay comentarios:
Publicar un comentario