Hace un rato me he dado un porrazo monumental. Se me ha doblado el pie derecho y he perdido el equilibrio; y, como no he podido amortiguar la caída con las manos, me he quedado en el suelo, bocabajo, cuan larga soy.
Ha ocurrido en medio del bulevar y con mucho público alrededor; pero yo, lejos de avergonzarme, me he levantado muy digna, me he espolvorado un poco y he seguido andando como si no hubiera pasado nada.
Debo decir que, quizá porque iba acompañada y todo se ha resuelto rápidamente, nadie me ha ofrecido su ayuda, y ni siquiera me han preguntado si me había hecho daño. Al menos me queda el consuelo de no haber visto ni oído ninguna risita ni ningún móvil grabando. De todas maneras, tendré que esperar unas horas para comprobar que no me he convertido en trending topic. ¡No lo quiero ni pensar!
Ahora estoy en mi casa examinando el descalabro: una rozadura por aquí, otra por allí... En fin, que como no me he roto nada y mi dignidad no ha sufrido merma (de momento), no me puedo quejar. Lo único es que he tenido que suspender el paseo.

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